Ya casi no veo a mi amigo Faustino; casi ya no viene a México y, cuando llega a visitar, pues solo va a Hermosillo o a Pitiquito a visitar a su familia. A Peñasco es raro que venga. Pero siempre que lo veo nos tomamos un café o unos tarros y hablamos durante horas.
Nos juntamos en el McChelas, donde nos habíamos reunido la última vez que lo vi. Se veía muy bien: delgado, más atlético, con la misma chispa de siempre, pero con más canas y una que otra arruga nueva.
Me contó que su novia de muchos años lo dejó por un tipo más joven y, cuando le pregunté que si cómo se encontraba, me dijo que ya mejor, que por unos meses se derrumbó por completo. Su ego, su autoestima, todos los planes que aún tenían por concretar (viajes, juegos sexuales, conciertos, aventuras de todo tipo) se quedaron en el aire.
—“Como si nada de lo que vivimos todo ese tiempo contara para nada” —me dijo.
Traté de consolarlo como se consuelan los machos alfa de Sonora:
—“Todo pasa por algo, además hay muchos peces en el mar” —le comenté. —“Sí, hay más culos que estrellas, ya ando saliendo con cinco” —y sacó su celular y me mostró unos Instagrams que aún no me la creo.
Recordé que hace muchos años me pasó algo similar, y cuando le conté a una amiga me dijo: “Es que, wey, tu ex nunca vivió su etapa de la putería; fue una estudiante dedicada, después tuvo que trabajar, y después, ya que le fue bien, pues quiso vivirla”. Lo curioso es que mi amiga, esa misma amiga, me dijo que ella ya había vivido esa etapa en la universidad y saliendo al iniciar su vida profesional, pero seis meses después, cuando se puso con un novio en serio, con planes de mudarse juntos e irse a vivir a otro país, hizo exactamente lo mismo: lo dejó por un tipo más (mucho más) joven.
—“La neta ninguna de ellas le llega, wey. La extraño muchísimo”. —“Lo siento mucho, amigo”. —“Y pues ya no anda con el pendejo ese, pero le sobran vatos. Además de que está buenísima y chulísima, es la reencarnación de todas las diosas de la sexualidad; exhala coqueteo, aunque no sea intencional, le brota por la piel”.
No le contesté nada, pero la evoqué; tenía una mirada que, si te descuidas, te enamora.
—“Recuerdo —continuó, rompiendo el silencio—, antes de que me terminara ya no me contestaba los mensajes de la misma manera; se tardaba horas en escribirme, pero no se despegaba del celular. Se reía con alguien, esa risa que antes yo le causaba con mis chistes o mis mensajes cachondos”. —“Fuck” —le dije. —“Me tuve que mudar de depa, wey. Mi psicóloga me dijo que hiciera cambios, que pintara las paredes de otro color, que redecorara, que cambiara muebles, porque todo me recordaba a ella. Todos los rincones donde cogíamos me dañaban, me causaban ansiedad y me hundían más en la depresión”.
A Faustino no le he contado mucho sobre mi vida romántica, pero al verlo y al escucharlo me recordó a esas etapas que me tocó vivir, muy similares (unas no hace mucho tiempo). A diferencia de mi amigo, yo me aíslo de todos y de todo, me encierro en el dolor y espero a que pase. Traté de hacer lo que él, de salir con mujeres, pero solo me encontraba comparándolas y salía contraproducente. Lo que menos quiero es lastimar a otras personas por culpa de un corazón roto.
—“A veces la veo —continuó—, comemos o nos tomamos unas copas, pero no pasa de ahí”. —“¿Y el contacto cero?”. —“Eso no me sirve a mí, tengo que saber de ella. Era como una droga de la cual me tengo que ir desprendiendo poco a poco, porque así como el alcohol o ciertos medicamentos psiquiátricos, si me la quitan de un chingazo, me muero”. —“A mí tampoco me gusta eso de fingir que nunca pasó nada. Ya estamos grandes y creo que podemos ser maduros, emocionalmente inteligentes, para llevar la fiesta en paz”. —“Ándale —me dijo—. Y lo mejor de todo es que cada vez que la veo la voy bajando un poco del pedestal donde la tenía, wey. Cada vez que me hace daño, que me decepciona, me ayuda a no idealizarla tanto y, de cierta manera, a quererla menos, y ahora sí darme cuenta de que a futuro es lo mejor”. —“Me da mucho gusto, amigo”. —“Aunque a veces se le escapa un beso, y ese beso se convierte en un apapacho. Creo que es la costumbre, a lo mejor aún le gusto, pero es muy probable que también le guste alguien más. Es muy privada en sus redes, pero la conozco tan bien... A lo mejor ese wey no la quiere como ella quisiera y por eso a veces me busca”. —“Te estás haciendo daño tú mismo, ¿no te das cuenta?”. —“Sí, porque en el momento es como heroína, y cuando se va y pasan días en que no hay comunicación siento que me muero, pero vale la pena”.
Hice una seña para que nos llenaran los tarros. En el fondo sonaba Haciendo que me amas de Bad Bunny. Nos quedamos un rato en silencio. El lugar estaba casi vacío, solo una mesa de jovencitas al fondo pidiendo canciones y shots de mango a las tres de la tarde. Le hablé al mesero y le pedí que les mandara una ronda de nuestra parte.
—“Tú vas a pagar eso” —me dijo Faustino. —“Igual de codo que siempre, como si tu abuelo no se hubiera robado todos los terrenos posibles cuando fue gobernador del estado” —le contesté entre risas. —“Razón por la que ya no vengo” —contestó muy serio, su mirada clavada en las burbujas que subían de su cerveza.
Después de un par de heladas más nos retiramos. Faustino tenía que ir a cobrar unas rentas atrasadas (razón por la que vino a Peñasco) y ya con seis cervezas en la cabeza traía suficiente valor para ir a hacerla de pedo.
Yo me fui a mi casa, saqué una cerveza más del refri y a los dos tragos le mandé un mensaje a mi ex: “¿Ya comiste?”.
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