Así como el Gato de Schrödinger, vives en dos estados simultáneos: uno, lejos, distante, donde me ignoras y te esfuerzas para no quererme; otro, dulce, bellaka, amándome a ratos. Un rato el yin, después el yang. Empiezas a sentir demasiado y huyes, te vuelves caos, dueña de la entropía, y poco a poco vas encontrando el ritmo y patrón del universo que te regresa a mí, solo para volverte a marchar... a no estar y a estar.
Ya casi no veo a mi amigo Faustino; casi ya no viene a México y, cuando llega a visitar, pues solo va a Hermosillo o a Pitiquito a visitar a su familia. A Peñasco es raro que venga. Pero siempre que lo veo nos tomamos un café o unos tarros y hablamos durante horas. Nos juntamos en el McChelas, donde nos habíamos reunido la última vez que lo vi. Se veía muy bien: delgado, más atlético, con la misma chispa de siempre, pero con más canas y una que otra arruga nueva. Me contó que su novia de muchos años lo dejó por un tipo más joven y, cuando le pregunté que si cómo se encontraba, me dijo que ya mejor, que por unos meses se derrumbó por completo. Su ego, su autoestima, por los suelos. Que sentía una nostalgia y un duelo por todos los planes que se quedaron sin concretar (viajes, juegos sexuales, conciertos, aventuras de todo tipo) se quedaron en el aire. —“Como si nada de lo que vivimos todo ese tiempo contara para nada” —me dijo. Traté de consolarlo como se consuelan los machos alfa de So...