Molestos
—¿Dónde estás? —me escribió Coral.
Eran las 7:36 de la mañana; acababa de dejar a mi hijo más pequeño en la escuela y tenía pensado ir por la bicicleta y darle una media hora antes de seguir mandando solicitudes de empleo y correos a posibles clientes.
—Ya me quiero ir pero no me dejan mis amigos, ven por mí y vamos a tu casa.
"Esta morra anda peda y amanecida", pensé. No tengo ganas de lidiar con esto ahorita, pero ya se quiere ir de ahí. A lo mejor la puedo convencer de que ya se vaya a dormir.
—Manda ubicación —le contesté.
Coral me esperaba afuera de un billar, aún con su uniforme de mesera: unos shorts cortitos y ajustados que mostraban muy bien sus piernas atléticas y las curvas de sus nalgas. En una mano sostenía un vape rosita y en la otra una lata de Tecate roja. Se subió al carro sin mirarme.
—Me caes bien gordo, neta.
—¿Y eso por qu…?
—Iba a ir a lo de tu papá, pero estoy molesta contigo —me interrumpió.
—¿Ahora qué hice?
—No te hagas, te vi el sábado.
—¿Siempre que me veas con una amiga te vas a enojar conmigo?
—No, pero esas “amigas” no van contigo.
—Tú y yo solo somos amigos y…
—No te convienen, Héctor. Yo las veo por mi trabajo los fines de semana, ya borrachos todos; me doy cuenta de todo, con quién se van, a quién le tiran el rollo... Tienen muy mala fama en mi trabajo. Esa de este sábado hasta a los meseros les ha tirado con todo.
—Se me hace bastante triste y culero de tu parte que hables así de otras mujeres, y además, pues es Peñasco, eso es normal…
—No, no es normal, yo por lo menos no me manejo así. Si fueran otras mujeres no me molestaría.
Recordé hace como un mes que llegó a mi casa llena de marcas que parecían chupetes y mordiscos alrededor del cuello, pero no dije nada.
Llegamos a la casa.
—Te voy a hacer unos huevos —le dije.
—No, no quiero comer eso. Quiero que me lleves a la cama. Pero sigo molesta contigo.
La blanca piel de Coral emanaba calor. Sus besos sabor fresa con cerveza encendieron la llama con facilidad. Coral gemía suavemente, sonreía. Se empujaba contra mi cuerpo y yo sentía lo increíblemente mojada que estaba.
—Sigo molesta contigo —me dijo entre gemidos.
Cambié de posición y le di más recio; sus gemidos se convirtieron en gritos de placer. Terminamos y me abrazó, su cabeza en mi hombro y su pierna encima de las mías.
—Sigo molesta contigo.
Empezó a roncar despacito, casi como una respiración normal, pero profunda.
"Yo también estoy molesto conmigo mismo", pensé.
Comentarios
Publicar un comentario