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Trece

Escuchamos un carro llegar. En automático escondimos las botellas de cerveza en cajones, detrás de los cuadros, bajo la cama, detrás de las cortinas. Sacamos de la VHS una cinta de pornografía y rápidamente metimos una grabación de videos musicales de MTV que teníamos lista a un lado del reproductor. Mi amigo Beto tenía la mas extensa y variada colección de pornografía, bueno su hermano “el Charlie”.

Ya me había pasado que me quedaba el fin de semana solo en casa y llegaban mis jefes de “sorprais” antes de lo esperado.
Salí a ver que onda. El carro no era el de mi apá. Apagaron las luces y se bajo alguien. Ya más de cerca pude ver que era la Prieta Martínez.

(Cuando murió mi hermano mis jefes pasaron por una crisis bien cabrona, se separaron, el negocio valió verga, perdimos la casa y quien sabe que otras cosas. Mi apá rentó en esta vivienda y nos venimos mi amá y yo al año.
La Prieta Martínez tenía 25 años de edad, era morena pero se decoloraba el cabello lo que hacía que se mirara mas prieta. Vivía directamente arriba de nosotros junto con otras compañeras suyas, venía de Vallarta y trabajaba de mesera en el Iguana’s Bananas de la calle 15. Siempre usaba una minifalda muy corta y apretada. Cuando jugábamos básquet al centro de la vecindad, se recargaba en el barandal con las piernas semi-abiertas, siempre usaba calzones blancos.)

Salió mi amigo “el Moco” a saludarla.
– ¿Que pasó Prietita chula? – dijo con tono de galán.
La Prieta me miró, sonrió, y se fue de lado.
– Ando hasta el culo. – dijo.
El Moco pegó un brinco y la tomó de la mano.
– Te ayudo a subir.
La Prieta aventó su brazo con fuerza y con cara de disgusto.
– Que me ayude el Juan. – dijo sonriendo de nuevo.
No me quedó de otra más que la llevarla por las escaleras hasta su puerta muy de manita agarrada. Y mientras abre la puerta me dice:
– ¿No me vas a dar un beso de buenas noches?
Yo, inocente de 13 años recién cumplidos le di un beso en el cachete.
– No, así no. Mira:
Me agarra y me empieza a besar de lengüita.
– Pásale. – me dijo, jalándome con fuerza y dejándome respirar un poco.
Entrando encendí la luz.
– Con la luz apagada. – Murmuró.
Rápidamente mi vista se acostumbró a la obscuridad, o mi imaginación tomó posesión. No se. Pero recuerdo perfectamente sus grandes pechos. Sus piernas gruesas apretándome. Se quedó en una tanga blanca satinada, que posiblemente muchas veces vi desde el piso de abajo cuando jugaba basket.
– ¿Quieres ir al cuarto?
Solo asentí con la cabeza.
Ya en su cama me esforcé por verme experimentado en cuestiones del amor, la vasta gama de porno de mi amigo Beto tenía que servir de algo. Besé su cuello, sus pechos, su abdomen, sus muslos y ya cuando me fui a su vagina me detuvo bruscamente.
– ¿Por que no? – le pregunté.
No contestó, solo soltó la carcajada y me jaló hacia ella.
– ¿Traes condón?

Por suerte siempre traía condón, aunque nunca los había usado (fuera de una que otra masturbación experimental en látex). Lo coloqué como todo un Don Juan diestro en los asuntos del amor  y continué con lo mío (en lo suyo).
Lo demás pues ya sabemos como va. Creo que la Prieta Martínez nunca supo que había sido mi primera vez.
Hace un par de días la vi en el súper. Me hice pendejo, como que no la vi o reconocí. Hace más de veinte años de aquello, estaba igual de culera, pero más gorda, más arrugada, más fea. 

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